miércoles, 29 de enero de 2014

Meses.

Que enero más loco.
Un enero lleno de amor. Sí.
Y un enero lleno de estaciones de tren, y vagones vacíos.

Que estúpida.
Carne de cañón.
Si cuando digo que hay 3 opciones,
Siempre pienso en lanzarme.
Pero.

Pero tú.
Esa prisión de abrazos, en la que me encerré con llave.
Como un paracaídas.

Que febrero más romántico.
Un febrero de copas de más.
De camas deshechas, de besos,
los más dulces.

Pero yo,
Complicada,
Pequeña,
Y loca.
Tan loca.
Con tantas ansias de volar.
Desaparecer.

Y pastillas.

Así llegó marzo.
Un marzo triste.
Un marzo que parece haberse comido la primavera.
Pero tú.
Tú, amor, me sacas flores del corazón.

lunes, 13 de enero de 2014

La declaración de amor de las 04:04.

¿Sabes? Siempre es de noche cuando no te tengo, suena Sabina, que no te gusta, me tomo un té y son las cuatro de la mañana.
Me había puesto unas películas, unas que no te gustarían, estoy convencida, pero algo tiene que llenar el silencio que dejas cuando no estás.
Y estirada en la cama, rodeada de papeles, se está bien, como diría Nacho, en el palacio de papel. Me había hartado a escribir sobre vacíos, antes. Sobre vacíos, depresiones, soledad, muerte... Y ahora el único vacío que conozco es el de tu ausencia y ante la idea de la muerte te pido que me mates a besos.
Que sé yo, si con los pies fríos no se piensa bien. Y ya no pienso si no es en ti.
No puedo dormir si no te oigo respirar; si no me abrazas y apoyo la cabeza en tu pecho. Extraño, tú, nosotros. Así tan de repente que asusta. Ha sido, sin lugar a dudas, lanzarse a las vías del tren. Y morir de amor, porque sí, se puede.
Hay algo que no te he contado, dormilón. Cuando te quedas en mi cama a soñar me despierto mil veces a mirarte y susurrarte mil cosas. Te cuento mi peculiar forma de ver el mundo, mis sueños, mis miedos, mi pasado y mis secretos. Y aunque a veces ni te mueves, hay otras en las que me abrazas más fuerte y me parece que me estás protegiendo del mundo, y que allí en tus brazos nada malo puede pasarme. Me atrincheraré en el calor que desprendes y torpemente te querré, como nadie te va a querer nunca.
Contigo, "si hay un fuego aprenderé a arder. Y si empiezo a arder aprenderé a apagarme."

Amor. Tú. Amor tu sonrisa cuando te digo que te quiero. Amor tu cara de recién levantado cuando te subo un zumo. Amor tu risa. Amor tu piel. Amor tu aliento, tus ojos, tu manera de comer huevos fritos, de corregirme todo, de enseñarme cosas constantemente y que aún así pienses que soy inteligente. Amor tu forma de enfadarte, de ponerte celoso, de pasarme mis locuras.
Y aunque podría escribir millones de páginas, y probablemente lo haga, sobre ti, por esta noche ya está bien.

La declaración de amor de las 04:04, corazón.


sábado, 11 de enero de 2014

Soñar con no soñar.

Era una kamikaze con intención de vivir mucho y muy rápido. Irónico.
Tenía las mismas ganas de subirse a un tren sin saber el destino que de tirarse a las vías justo antes de que llegara. Y que locura.
Soñar con no soñar, o algo así.
Tentada por la idea de una muerte cercana aunque no con motivos aparentes para desearla. Era como su pequeño secreto, una obsesión que se colaba furtiva en sus pensamientos y que la colapsaban.

''La muerte'', analizaba. Que idea más bonita. Pensemos, todo lleno de flores, de personas que te quieren de verdad, sentimientos auténticos, nada de fingir. Todo el mundo bien vestido de negro, elegantes, incluso después una fiesta. ¿Por qué no? Se debería celebrar.
Luego hay que añadir en la ecuación al susodicho, al muerto en cuestión. Frío, inmóvil. No necesita decir ni hacer nada para ser el centro de atención. El foco de todas las miradas.
¿Y si todos nos limitáramos a ir bien elegantes, a no decir nada y a no movernos? Claro, como sería lo común nadie se fijaría, pero sería reconfortante.

Volviendo al tema del tren. Siempre que lo esperas debes elegir y tienes 3 opciones: subirte, tirarte o irte de la estación. Quedarse viendo pasar trenes sería absurdo.
Si te subes, se sobreentiende que aceptas un reto, una mal llamada aventura.
Si te tiras, acabas con todo.
Pero si te vas, sigues, exactamente, en el mismo punto en el que lo dejaste.
Por norma debes ir alternando las opciones, y mientras escoges estás de pie en la estación.
¿Tú? ¿Subes, te tiras, huyes o esperas?

jueves, 9 de enero de 2014

Era, y sigue siendo.

Era la chica de los ojos azules y los labios rojos. La que vivía en las nubes y soñaba bonito. La que te preparaba café. La que era absurda. La que se perdía en tu sonrisa y se tropezaba si la mirabas como la mirabas. La que te subía zumo de naranja por las mañanas y se asustaba cuando no encontraba tu mano.Y bueno. Lo sigue siendo.
Es la que te quiere a todas horas, la que se huele la piel cuando se le queda tu olor impregnado. De quien eres inspiración y a quien lames las heridas, hasta que se curan.
Curiosa la vida, que te hace tropezarte así con alguien como ella, alocada, perdida, salvaje, pero que consigue que te encuentres.
Sabes que cuando tocas se pierde, y escribe tonterías sobre amor, porque te quiere como nunca nadie te va a querer.
Es la que baila cuando está sola, con la música a todo volumen. La que te haría el amor cada mañana, y te despertaría con la lengua fuera, jugando a ser un perro. 
La que se va a leer al bosque y se pierde. La que un día desaparece y no vuelve.

Pero tú eres el único que se llevaría consigo, te cogería la mano y te haría correr por toda la ciudad. Y seguro que se perdería pero ahí estarías tú, para decirle 'quieta, yo sé donde estamos'. 

Libérate

Cuando uno escribe debe hacerlo por placer, de manera única, especial. Debe liberarse.
Es por eso que creo fielmente que, aunque usemos a otros escritores de modelo o inspiración, no hay que dejarse llevar hasta el punto de ser un burda imitación, ya que eso limitaría nuestra expresividad, limitaría nuestro potencial, que se vería ofuscado y nuestro arte saldría perjudicado.

Yo, por ejemplo, abuso de la utilización de las comas, y de las ''Y'', que uso también para empezar. Escribo sobre mi misma y sobre amor y rabia, los temas más latentes en mi vida diaria. Uso un lenguaje soez y a veces poco elaborado. Soy inconexa y digo lo que me da la gana, como me da la gana. Sigo a Bukowski, me gusta hablar de sexo, putas y drogas. Me gusta plasmar lo que leo según mi visión y creo que ese es el problema de muchos otros, que leen y plasman sin pasarlo por su filtro, sin ser subjetivos. Simplemente vomitan aquello que leen, como si no fueran capaces de interpretarlo, juzgarlo y adaptarlo a su manera de ver el mundo. Y con mundo hablo de literatura, claro.

¿Podemos ser realmente buenos cuando no somos auténticos?
Como esos artistas que plagian cuadros, las copias son fantásticas, apenas de nota la diferencia si es que se llega a notar, pero la importancia de la obra y el esfuerzo recaerán en aquel que lo creó, independientemente de su habilidad o calidad. Si ese mal llamado artista hubiese dedicado su tiempo a crear en vez de intentar hacer algo que ya estaba hecho tal vez, y sólo tal vez, hubiese superado con creces aquello que intentaba imitar.

Es esa la razón que me motiva a proclamar la libertad de creación, de ser innovadores, de no dejarnos llevar por aquello que está establecido como bueno. Salirnos de los margenes e inventar. Inventarnos. Descubrir.

martes, 7 de enero de 2014

De repente, locuras.

Apareció, como todo aquello que te cambia la vida, sin esperármelo, de repente. Cayó en mis manos igual que el primer libro que leí, incitándome a leer más, y más tarde a escribir. Con él fue distinto tal vez, me incitó a leerle y a escribirle, sí, pero también a querer tocarle. Y por supuesto, no hablo sólo físicamente.
Me creó una necesidad de querer marcarlo, de dejar huella en esa criatura salvaje e incomprendida. 
Fue tanto lo que me maravilló que decidí que debía quererle, ¿como se podía negar alguien hacía la evidencia de tener que hacerlo? Era casi una necesidad, llegaba al punto de querer mirarlo antes que escribir, lo cual es una soberana locura para un escritor. ¿Dónde se habrá visto? 
No estaba enamorada de él, porque la fase de enamoramiento era fugaz, demasiado vulgar. 
Me metí en su vida, paso a paso, como el humo de los cigarros cuando escribes, ni te das cuenta y la habitación ya está atestada. Imagino que él tampoco se dio cuenta, pero me abrió la puerta. Nos follamos, la mente, el cuerpo y los sentidos.
Y mis poetas de mala reputación pasaron a interesarme menos que nada, él sabía tocarme como ninguno, y sin necesidad de palabras bonitas o falsas promesas. Sin flores.
Dejé incluso de respirar, estaba demasiado ocupada queriéndole. Cuando me besó por primera vez todas las canciones de amor pasaron a hablar de nosotros, y las estaciones de tren sólo servían para llevarme con él.
Hizo que el mundo acabara de perder el poco sentido que le restaba, hizo que mi vida se volviera aún más loca. Me hizo completamente suya, sin querer ser yo de nadie hasta aquel momento.

Entendí que aquello era una completa locura cuando me dí cuenta de que prefería no escribir a no sentirlo. 

lunes, 6 de enero de 2014

ÉL.

Él es una de esas personas que cuando se ausentan se te hace un nudo en la garganta. Que cuando no está notas lo vacía que se queda la habitación.
Una de esas personas que huelen a amor, y a las que sólo se puede mirar con absoluta adoración. Y tú, te vuelves diminuta, y das vueltas a su alrededor, y cuando se mueve te mueves. Respiras cuando respira.
Él es ese tío que paciente te mira escribir con una rabia incontrolada, que te observa con detalle acuchillar el teclado, volverte loca por no poder escribir.
Él es ese tío que cuando te quedas sin ideas y no puedes escribir, desesperada, te folla, te quiere, y te abraza.
Que te soporta cuando no hablas.
Él. Que cuando toca no oyes la música, que cuando habla sólo oyes sonidos, no lo entiendes porque estás mirándolo, pero paciente, te lo vuelve a explicar. Porque sabe de todo. Sabe hasta de ti.
Él es lluvia cuando hay sequía, es la cuerda que te lanzan para salir del pozo. Es de los que te prometen cosas que saben que cumplirán.
De los que ya no quedan, de los que te hacen temblar y te hacen querer levantarte cada día a su lado.
Y por raro que suene, también es mío, y me quiere,

sábado, 4 de enero de 2014

Esa puta llamada literatura.

De repente rabia. Rabia. Ira. Montones de ideas y ninguna buena. Se chocan, se destruyen y en la mente empiezan a estallar, supernovas de palabras.
Lees a otros. Lees mierdas mil veces mejores que las tuyas. Mejor redactadas, mejor sentidas, mejor pensadas. Y tú, sólo vomitas, sin parar, un surtidor de cosas que no controlas.
Escribes ¿qué es lo que importa? ¿el método? ¿el contenido? ¿el público?
No, definitivamente, el público no. El público no debería existir, desde que existe no se escribe por voluntad, no se escribe por necesidad, se escribe exclusivamente para gustar a alguien. ¿Para qué?

Aquí estoy yo, escribiendo furiosa, furiosa con los escritores, furiosa con los lectores, furiosa con aquellos que convirtieron una necesidad en un negocio vacío, limitando la escritura. LIMITANDO A LOS AUTORES. Obligándonos a ser conexos y decir aquello que a alguien le va a gustar en vez de escribir aquello que no sale de la punta de la polla. Porqué sí, todos tenemos una polla muy gorda que nos dice, follate al jodido mundo. Y lo haces.

Conexiones de palabras que simplemente no pueden encajar. Hablemos de sexo, hablemos de sexo salvaje como si fuera literatura.
El autor es representado por el hombre, simple, la literatura, por la mujer, debido a la complejidad, la belleza.
Hablemos del cuerpo de una mujer, sensual, insinuante, provocador. Incita a la violación, a follársela por cada calle de la ciudad, forzándola, con un cuchillo en el cuello, obligándola a correrse, marcándole todo el cuerpo con cortes, golpes.
Una mujer con los labios carnosos, rojos, llenos de sangre, mujer con sabor a sangre, piernas largas, kilométricas, de esas que se recorren con la lengua suavecito. Una mujer con una de esas miradas de follame fuerte pero hazme el amor con cariño. De lengua venenosa, uñas limadas, cigarro colgando, escote insinuante y unas tetas vulgares, soeces. Por no hablar de su coño, visitado varias veces al día, lamido, besado, venerado. Perfección.
Hablemos del pobre desgraciado del hombre. Sí, el violador es el desgraciado, un burdo intento humano de alguien que en realidad es un animal salvaje, que no sé controla, ve a la mujer y necesita metersela, empotrarla contra una pared y hacerla gemir, hacer que grite, que estalle su nombre en la boca de aquella puta.
Y para eso no se necesita público. No sé si me explico.

Cambios.

A veces todo aquello que buscamos lo tenemos al lado, pero vamos a ciegas, sin darnos cuenta de que no hay que buscar nada, de que hay que dejarse llevar.

Contigo todo es tan fácil, tan natural como respirar o ponerse unos calcetines. Sencillo.

Y ahora no puedo dormir, pensándote, en qué va a pasar, pero ¿qué más da? Si ahora no hay quien me quite la sonrisa de la boca.

La vida y las vueltas que da.
Tal vez me equivoque y todo salga mal, pero esta noche por primera vez desde hace mucho tiempo no he sentido que me partía en pedazos.

What'll I do if you never wanna come back
Sittin in a city that is always on the attack
What'll I do if you never want me back
Come with me come back we'll live again

And what if I'm only satisfied when I'm at home
Sittin in a city that'll never let me go
What if I'm only satisfied when I'm at home

miércoles, 1 de enero de 2014

La pequeña.



Era una cría perdida entre relatos de Bukowski mientras bebía vino y se preguntaba que era poesía, si era poeta o era musa. Allí, quieta en la cama, rodeada de folios llenos de pensamientos inconexos.


Se podía ver en ella un animal salvaje, con el pelo negro, enredado, sin pantalones, con el carmín corrido de tanto morderse la boca. Eso sí, una manicura francesa perfecta. Era simplicidad compleja.


Tenía una forma muy distinta de ver el mundo, y muchos catalogaban su patético intento de vida de utopía, siempre rodeada de malas compañías que le llenaban el espíritu de amor barato. Amor del malo.


Se relamía las heridas y se llenaba la boca de palabras apasionadas sin aparente destinatario, observaba desconocidos tras una pantalla que no le interesaban una mierda para llenar su vacío existencial mientras ellos fingían que la pequeña niña asustada les importaba.

Y ahí, llenaban sus vidas, extraños ellos, vulgar ella, sintiéndose bien porque alguien le prestaba un mínimo de atención.

Mientras tanto, en el exterior el mundo no paraba de girar, no se detenía, no por ella. No porque no pudiera afrontar los finales iba a cambiar algo. Salvo ella, la pequeña, que se escondía tras un montón de libros y palabras. Que vivía a través de la literatura, que se ponía hasta el culo de benzodiazepinas cuando su mente la privaba de escribir. Y no siempre salía bien, porque cuando algo no le gustaba, lo rasgaba, lo quemaba, incendiaba su mente, hasta se castigaba.

Y si pasaba muchos días sin abrirse su mente castigaba su cuerpo, sin comer, sin dormir, sin parar ni un puto minuto.

Así era ella, un jodida niña loca.

Historias baratas de tardes de tren

El tren no pasaba hasta una hora después y decidí ir a tomar un café. tras un rato caminando entré en la primera cafetería cutre que vi, junto a un hombre bastante guapo, no un chico, un hombre rozando la treintena a quién le escaseaba el pelo ya. Ojos claros, dulces, la barba castaña y un abrigo verde. Nos acercamos a la barra y as la vez, curiosamente, dijimos “un café con leche, largo de café y sin azúcar”. Nos miramos y nos reímos pero no le dimos más importancia y fuimos a sentarnos. Primero pensé que ya que iba a pasar un largo rato en la cafetería podría coger un periódico de al lado de la puerta, y él, justamente, cogió una revista local de al lado y nuestras manos se rozaron. Suspiré y nos miramos amablemente.


Me giré y sin darme cuenta coloqué mi bolso en su mesa, lo retiré rápidamente y me sumergí en el periódico.


Y allí nos pasamos, una hora, ambos leyendo y con nuestro café ya frío a medias.


Me sonó el teléfono y caí en la cuenta de que ya era hora de ir a la estación de tren. Él se levantó también. Pagamos a la vez el 1.40€ , chocamos en la puerta, nos reímos y cuando me giré para irme me dí cuenta de que no me seguía . No es que tuviera que hacerlo claro, ni siquiera habíamos hablado, pero con tanta serie de casualidad imaginé que iríamos en la misma dirección.


Seguí caminando unos pocos metros, decepcionada sin saber porqué, cuando de pronto me tocó el hombro, me dijo que se llamaba Joan y me pasó una servilleta con su número escrito. “Voy con prisa, pero llámame un día si quieres tomar un café”. Una voz preciosa.


Caminé, soñadora a tomar el tren. Y allí mismo fue, donde ensimismada en mis pensamientos y escuchando a Pereza, olvidé la pequeña servilleta en la que tenía anotado su número.