miércoles, 1 de enero de 2014

Historias baratas de tardes de tren

El tren no pasaba hasta una hora después y decidí ir a tomar un café. tras un rato caminando entré en la primera cafetería cutre que vi, junto a un hombre bastante guapo, no un chico, un hombre rozando la treintena a quién le escaseaba el pelo ya. Ojos claros, dulces, la barba castaña y un abrigo verde. Nos acercamos a la barra y as la vez, curiosamente, dijimos “un café con leche, largo de café y sin azúcar”. Nos miramos y nos reímos pero no le dimos más importancia y fuimos a sentarnos. Primero pensé que ya que iba a pasar un largo rato en la cafetería podría coger un periódico de al lado de la puerta, y él, justamente, cogió una revista local de al lado y nuestras manos se rozaron. Suspiré y nos miramos amablemente.


Me giré y sin darme cuenta coloqué mi bolso en su mesa, lo retiré rápidamente y me sumergí en el periódico.


Y allí nos pasamos, una hora, ambos leyendo y con nuestro café ya frío a medias.


Me sonó el teléfono y caí en la cuenta de que ya era hora de ir a la estación de tren. Él se levantó también. Pagamos a la vez el 1.40€ , chocamos en la puerta, nos reímos y cuando me giré para irme me dí cuenta de que no me seguía . No es que tuviera que hacerlo claro, ni siquiera habíamos hablado, pero con tanta serie de casualidad imaginé que iríamos en la misma dirección.


Seguí caminando unos pocos metros, decepcionada sin saber porqué, cuando de pronto me tocó el hombro, me dijo que se llamaba Joan y me pasó una servilleta con su número escrito. “Voy con prisa, pero llámame un día si quieres tomar un café”. Una voz preciosa.


Caminé, soñadora a tomar el tren. Y allí mismo fue, donde ensimismada en mis pensamientos y escuchando a Pereza, olvidé la pequeña servilleta en la que tenía anotado su número.

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