Apareció, como todo aquello que te cambia la vida, sin esperármelo, de repente. Cayó en mis manos igual que el primer libro que leí, incitándome a leer más, y más tarde a escribir. Con él fue distinto tal vez, me incitó a leerle y a escribirle, sí, pero también a querer tocarle. Y por supuesto, no hablo sólo físicamente.
Me creó una necesidad de querer marcarlo, de dejar huella en esa criatura salvaje e incomprendida.
Fue tanto lo que me maravilló que decidí que debía quererle, ¿como se podía negar alguien hacía la evidencia de tener que hacerlo? Era casi una necesidad, llegaba al punto de querer mirarlo antes que escribir, lo cual es una soberana locura para un escritor. ¿Dónde se habrá visto?
No estaba enamorada de él, porque la fase de enamoramiento era fugaz, demasiado vulgar.
Me metí en su vida, paso a paso, como el humo de los cigarros cuando escribes, ni te das cuenta y la habitación ya está atestada. Imagino que él tampoco se dio cuenta, pero me abrió la puerta. Nos follamos, la mente, el cuerpo y los sentidos.
Y mis poetas de mala reputación pasaron a interesarme menos que nada, él sabía tocarme como ninguno, y sin necesidad de palabras bonitas o falsas promesas. Sin flores.
Dejé incluso de respirar, estaba demasiado ocupada queriéndole. Cuando me besó por primera vez todas las canciones de amor pasaron a hablar de nosotros, y las estaciones de tren sólo servían para llevarme con él.
Hizo que el mundo acabara de perder el poco sentido que le restaba, hizo que mi vida se volviera aún más loca. Me hizo completamente suya, sin querer ser yo de nadie hasta aquel momento.
Entendí que aquello era una completa locura cuando me dí cuenta de que prefería no escribir a no sentirlo.