miércoles, 1 de enero de 2014
La pequeña.
Era una cría perdida entre relatos de Bukowski mientras bebía vino y se preguntaba que era poesía, si era poeta o era musa. Allí, quieta en la cama, rodeada de folios llenos de pensamientos inconexos.
Se podía ver en ella un animal salvaje, con el pelo negro, enredado, sin pantalones, con el carmín corrido de tanto morderse la boca. Eso sí, una manicura francesa perfecta. Era simplicidad compleja.
Tenía una forma muy distinta de ver el mundo, y muchos catalogaban su patético intento de vida de utopía, siempre rodeada de malas compañías que le llenaban el espíritu de amor barato. Amor del malo.
Se relamía las heridas y se llenaba la boca de palabras apasionadas sin aparente destinatario, observaba desconocidos tras una pantalla que no le interesaban una mierda para llenar su vacío existencial mientras ellos fingían que la pequeña niña asustada les importaba.
Y ahí, llenaban sus vidas, extraños ellos, vulgar ella, sintiéndose bien porque alguien le prestaba un mínimo de atención.
Mientras tanto, en el exterior el mundo no paraba de girar, no se detenía, no por ella. No porque no pudiera afrontar los finales iba a cambiar algo. Salvo ella, la pequeña, que se escondía tras un montón de libros y palabras. Que vivía a través de la literatura, que se ponía hasta el culo de benzodiazepinas cuando su mente la privaba de escribir. Y no siempre salía bien, porque cuando algo no le gustaba, lo rasgaba, lo quemaba, incendiaba su mente, hasta se castigaba.
Y si pasaba muchos días sin abrirse su mente castigaba su cuerpo, sin comer, sin dormir, sin parar ni un puto minuto.
Así era ella, un jodida niña loca.
Historias baratas de tardes de tren
El tren no pasaba hasta una hora después y decidí ir a tomar un café. tras un rato caminando entré en la primera cafetería cutre que vi, junto a un hombre bastante guapo, no un chico, un hombre rozando la treintena a quién le escaseaba el pelo ya. Ojos claros, dulces, la barba castaña y un abrigo verde. Nos acercamos a la barra y as la vez, curiosamente, dijimos “un café con leche, largo de café y sin azúcar”. Nos miramos y nos reímos pero no le dimos más importancia y fuimos a sentarnos. Primero pensé que ya que iba a pasar un largo rato en la cafetería podría coger un periódico de al lado de la puerta, y él, justamente, cogió una revista local de al lado y nuestras manos se rozaron. Suspiré y nos miramos amablemente.
Me giré y sin darme cuenta coloqué mi bolso en su mesa, lo retiré rápidamente y me sumergí en el periódico.
Y allí nos pasamos, una hora, ambos leyendo y con nuestro café ya frío a medias.
Me sonó el teléfono y caí en la cuenta de que ya era hora de ir a la estación de tren. Él se levantó también. Pagamos a la vez el 1.40€ , chocamos en la puerta, nos reímos y cuando me giré para irme me dí cuenta de que no me seguía . No es que tuviera que hacerlo claro, ni siquiera habíamos hablado, pero con tanta serie de casualidad imaginé que iríamos en la misma dirección.
Seguí caminando unos pocos metros, decepcionada sin saber porqué, cuando de pronto me tocó el hombro, me dijo que se llamaba Joan y me pasó una servilleta con su número escrito. “Voy con prisa, pero llámame un día si quieres tomar un café”. Una voz preciosa.
Caminé, soñadora a tomar el tren. Y allí mismo fue, donde ensimismada en mis pensamientos y escuchando a Pereza, olvidé la pequeña servilleta en la que tenía anotado su número.
Me giré y sin darme cuenta coloqué mi bolso en su mesa, lo retiré rápidamente y me sumergí en el periódico.
Y allí nos pasamos, una hora, ambos leyendo y con nuestro café ya frío a medias.
Me sonó el teléfono y caí en la cuenta de que ya era hora de ir a la estación de tren. Él se levantó también. Pagamos a la vez el 1.40€ , chocamos en la puerta, nos reímos y cuando me giré para irme me dí cuenta de que no me seguía . No es que tuviera que hacerlo claro, ni siquiera habíamos hablado, pero con tanta serie de casualidad imaginé que iríamos en la misma dirección.
Seguí caminando unos pocos metros, decepcionada sin saber porqué, cuando de pronto me tocó el hombro, me dijo que se llamaba Joan y me pasó una servilleta con su número escrito. “Voy con prisa, pero llámame un día si quieres tomar un café”. Una voz preciosa.
Caminé, soñadora a tomar el tren. Y allí mismo fue, donde ensimismada en mis pensamientos y escuchando a Pereza, olvidé la pequeña servilleta en la que tenía anotado su número.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)