miércoles, 1 de enero de 2014

La pequeña.



Era una cría perdida entre relatos de Bukowski mientras bebía vino y se preguntaba que era poesía, si era poeta o era musa. Allí, quieta en la cama, rodeada de folios llenos de pensamientos inconexos.


Se podía ver en ella un animal salvaje, con el pelo negro, enredado, sin pantalones, con el carmín corrido de tanto morderse la boca. Eso sí, una manicura francesa perfecta. Era simplicidad compleja.


Tenía una forma muy distinta de ver el mundo, y muchos catalogaban su patético intento de vida de utopía, siempre rodeada de malas compañías que le llenaban el espíritu de amor barato. Amor del malo.


Se relamía las heridas y se llenaba la boca de palabras apasionadas sin aparente destinatario, observaba desconocidos tras una pantalla que no le interesaban una mierda para llenar su vacío existencial mientras ellos fingían que la pequeña niña asustada les importaba.

Y ahí, llenaban sus vidas, extraños ellos, vulgar ella, sintiéndose bien porque alguien le prestaba un mínimo de atención.

Mientras tanto, en el exterior el mundo no paraba de girar, no se detenía, no por ella. No porque no pudiera afrontar los finales iba a cambiar algo. Salvo ella, la pequeña, que se escondía tras un montón de libros y palabras. Que vivía a través de la literatura, que se ponía hasta el culo de benzodiazepinas cuando su mente la privaba de escribir. Y no siempre salía bien, porque cuando algo no le gustaba, lo rasgaba, lo quemaba, incendiaba su mente, hasta se castigaba.

Y si pasaba muchos días sin abrirse su mente castigaba su cuerpo, sin comer, sin dormir, sin parar ni un puto minuto.

Así era ella, un jodida niña loca.

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