Tenía por ojos dos inviernos tormentosos.
Su sonrisa era el verano más caluroso de tu vida, pero su boca era como un agujero negro de perversión.
Podías unir sus lunares y en su piel seguro encontrabas constelaciones más bonitas que las del cielo.
No podrías bañarte en ningún mar más frío que su ausencia.
Y ningún amanecer era más bonito que verla despertar.
Coger su mano era acariciar la libertad.
Besarla era sentirte tocar las estrellas la noche más oscura de tu vida.
No podía decirte que todo iba a ir bien, pero podía abrazar tus temores hasta que casi dejaran de existir.
Podías morir de amor al escucharla reír.
Tenía una forma especial de hacerte cosquillas en el corazón.
Con ella no se sentían mariposas en el estómago; se sentían huracanes por cada parte del cuerpo.
La mejor música eran sus gemidos al hacerte el amor y al hacerlo era como tu canción preferida de los Rolling.
Sabía ronronear como una gata, mirarte como una puta y sonreírte como una niña.
Dejaba caer el vestido que llevaba esa noche y descubrías que la octava maravilla era su piel.
Su cuerpo era el mapa del tesoro más sucio que puedas encontrar.
Tocarla era casi convertirse en primavera.
Su dulzura se perdía en alguna de sus palabras y se convertía en un animal.
Ella era como la vida misma. Pero más puta y mucho más guapa.
Tan perdida. Tan asustada.
Tardó en marcharse lo que se tarda en decir 'no te vayas'.
martes, 19 de agosto de 2014
Convertirse en primavera.
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