Entrar en un bucle. De pastillas, depresión y ganas de morirse. O matarse.
Crees que estás mejor. Crees que no duele tanto respirar. Crees que no tienes que esconderte más por si te arañas.
Y allí está. Aquello que te trae de vuelta a la realidad. Si no es un golpe, es un espejo, una palabra. Eres tu misma, son los demás.
Y coges el teléfono, llamas a alguien, te metes de todo, vas hasta el culo, besas, follas, olvidas, te arreglas, sonríes, y sigues a quién sea a dónde sea, hasta que te das cuenta de que hace rato de que te perdiste y solo corrías, corrías con los ojos cerrados. Y llegas al mar, te metes y nadas y te hundes. Kamikazes emocionales. Te comes el mundo y él te come a ti. Relación destructiva de amor odio.
Paras. Paras, piensas, duele. Y sin dudar vuelves al principio. Pero llena de heridas.
Que sé yo. Si ya no siento nada más que miedo. Que me comen las sombras.
Y y, que no puedo estar sola, que necesito que me quieran para poder sobrevivir...
Ojalá fuera todo como cuando era la niña de las sonrisas y no la de la mirada de gata y la boca de puta. Ojalá fuera todo como cuando me hinchaba a chocolatinas y no a prozac y cigarros.
Tan ''niña, eres diferente'', tan ''niña, me haces sentir vivo''. Tan todo. Y yo tan muerta.
Y ya no me río bien, ni sonrío de verdad, ni beso con amor, ni como con hambre, ni hablo con ganas, ni follo con pasión.
Los ojos azules, bonitos, fríos y tristes.
Los ''estás mal, pero huyes".
No sé nada. No sé ni respirar.
Espero todo el día algo que nunca va a pasar.
Soy como un perro de la calle. Como un gato sin gata. Como una noche sin luna y un día sin sol. Soy todo lo que no soy.
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